La Red

Se ve y no se toca

por el 15 agosto, 2019
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Por: Patricio Javier Díaz

 

No tenían ganas de hablar. El silencio era el mejor escondite para su frustración, para el enojo, para la impotencia. Habían estado tan cerca de lograrlo, apenas unos pocos segundos y la maldición se acababa. ¿Cuántos años son? Más de veinte seguro, ¿veinte y dos? Ambos conocen perfectamente los detalles del último triunfo del que todos hablan: en 1996, con gol del Chino Gómez en el Atahualpa. Pero ninguno de los recuerda el partido. Su padre, simpatizaba con el Ídolo del Astillero, pero no podríamos decir que era un gran hincha; de hecho, cuando conversa de fútbol con sus amigos da la impresión que lo que quería era llevarles la contra. Porque aunque en muchas partes del país Barcelona es el equipo de mayor hinchada, no era así en su ciudad, ni en su barrio. Ni en su casa. No lo era entonces, ni lo es ahora. Está rodeado de hinchas de Liga y de El Nacional. Unos pocos del Quito, algunos del Aucas. Y son ellos, padre e hijos barcelonistas, los miembros de la minoría que en otros lados es mayoría, y por eso aprendieron a defenderse y atacar con furia para contrarrestar los argumentos del resto, de casi todo los demás.

 

Así habían crecido ellos, atestiguando cómo su padre sacaba pecho de la popularidad de Barcelona y de la final de la Libertadores de 1990. “Somos el único equipo del país que ha llegado tan alto, el único subcampeón de América”, decía aunque no era capaz de recordar ni uno sólo los nombres de la alineación gloriosa del subtítulo continental, ni de ningún otro año.

 

Pero ese era el as bajo la manga de cualquier discusión sobre fútbol. Y era una carta tan poderosa, que a pesar de que todos sabían que en algún momento la iba a sacar, de todas maneras era imposible combatirla. Porque eso de tener la mayor cantidad de hinchas era relativamente poco importante a la hora de hablar de fútbol, donde lo que contaba era lo que pasaba en la cancha, el resultado final y no cuánta gente había en las gradas. En cambio, el recordar esa campaña memorable de Barcelona era suficiente para el que el resto arda y calle a la vez. Es que para entonces, era lo más importante que nuestro fútbol había conseguido. Unos años más tarde nuestra Selección se ubicó tercera en la Copa América que se organizó aquí en el país, pero nada más. Ni al Mundial de fútbol habíamos llegado hasta entonces. Así que, más allá de la antipatía que provocaba entre sus amigos liguistas, nacionalistas y de otros equipos, lo que el padre de los dos hermanos sacaba al ruedo, no era más que la pura y dolorosa verdad: nadie había llegado tan lejos y ese equipo de Barcelona de 1990, era sin duda, digno de elogiar y de envidiar. Cuando Barcelona jugó una nueva final de Libertadores en 1998, la que ellos sí recuerdan porque vieron algunos partidos por la tele, las discusiones de fútbol parecían inútiles. Nadie más grande que Barcelona, dos veces sub-campeón de la Libertadores, lo que nadie pudo hacer, lo que nadie podrá lograr.

 

Aquel partido de marzo de 1996, el último triunfo de Barcelona sobre Liga en Quito, no formaba parte de los recuerdos de los dos hermanos que escondían su amargura en un silencio ininterrumpido durante todo el regreso de Ponciano a su casa en Cumbayá. Su papá no asistía mucho al estadio; y en esos años, la única manera de que ellos pudieran ir era de su mano. Eran muy chicos para ir solos. Para colmo, cuentan quienes rememoran aquel choque, que fue una tarde de sábado en la cayó un tremendo agüacero un par de horas antes del inicio del partido. Así que, si ya de por sí el papá iba poco al estadio cuando su equipo visitaba Quito, peor aún con lluvia y en primera fecha del Campeonato. Lloviendo, capaz que ni en partido definitivo como el del 90, ni en uno como la final del 2005, peor empezando la temporada.

 

Así que, aunque ya estaban en este mundo mucho antes de ese último triunfo, en realidad jamás habían visto que Barcelona le gane a Liga en Quito. En marzo de 1997, la U inauguró su propio estadio y ahí empezó la maldición. Ese año, Barcelona fue campeón, pero sin ganar en Casa Blanca. Al año siguiente el torneo exigía que en caso de empate, se debía jugar una tanda de penales para definir quién se llevaba el punto extra que siempre quedaba en el aire. Barcelona ganó una definición de esas, pero ambos hermanos jamás sacaban ese partido para contradecir a los que afirmaban que Barcelona nunca le ganó a Liga; eran apasionados, muy apasionados, pero lograban frenarse ante lo racional, pues ni ese loco amor por sus colores les llevaba a ver cosas donde no hay, menos aún a defender argumentos sin validez.

 

Desde entonces, habían pasado de todo en los Liga-Barcelona. Primero, iban al Palco Oriental, en el codo que la dirigencia local entregaba a los visitantes. La Tribuna de ese mismo lado y la General Sur estaban disponibles también, pero ellos elegían la comodidad de una butaca numerada y en la sombra. Pero más tarde, cuando se dispuso que las hinchadas visitantes sólo ocupen la Sur Alta, no tuvieron opción. Era a la General o no ir. Y no ir, no era una opción. Su padre iba poco al estadio, ellos no faltaban nunca. Y cada tanto, cuando los estudios primero, y el trabajo, luego, lo permiten, viajan a Guayaquil, a Ambato, a Cuenca, a donde pueden. El dinero no es un obstáculo, pero sí los compromisos de variada índole. Por eso, las reuniones de negocios las planifican entre semana, pero no en miércoles, porque podría ser que haya fecha. Para los compromisos sociales es más difícil, porque las invitaciones uno no siempre puede postergarlas a placer. Jamás confirman su presencia en un evento antes del miércoles, luego de verificar el día y hora del partido del fin de semana. Y cuando no hay más remedio que ir a una reunión que coincida con un partido de Barcelona -por orden de la mamá antes, de la esposa ahora- con previa anticipación planean toda la logística del caso. Averiguan si el anfitrión tiene televisión en la sala y conversan con él para que, solamente durante esas dos horitas, la encienda en el canal correspondiente. Lo mismo si debe ir a un hotel o algún restaurante. Pide que pongan el partido y se sientan en la mejor mesa, en la silla que da justo al frente de la tele. Pero no siempre hay suerte. Cuando no podían ver el partido, llevaban el kit de audífonos con una pequeña radio que cabía en el bolsillo del pantalón o de la chaqueta. Hoy es más fácil, el celular normalmente tiene radio y sólo no hay que olvidar los audífonos.

 

Hasta la hora de inicio del partido, conversan y comparten con cuanto ser se cruza al frente, conocido o no. Son ejemplo de cortesía y etiqueta. Pero cuando se acerca la hora del choque, instalan en sus orejas el aparatito y lo camuflan lo más que pueden, como un agente de espionaje, o como esos del servicio secreto gringo, los que cuidan a Trump. Y una vez que el árbitro da el pitazo inicial, ellos se desconectan de su entorno y se transportan al estadio. Es inútil conversar con ellos. Los verán a los ojos mientras les hablan, sonreirán incluso, asentirán con la cabeza, pero no están escuchando. Se convierten en seres autómatas, que reaccionan por reflejo. Como hologramas preparados para hacerle creer a uno que están atentos, que interactúan. Pero no. Su cuerpo se ha quedado entre mesas de cocktail, manteles blancos y copas llenas. Sus almas están allá lejos, con la camiseta amarilla y no con el elegante traje y la costosa corbata que visten a regañadientes. Sus espíritus visten camiseta amarillas y saltan acompañando a las voces de la barra que se escuchan de fondo en la transmisión de radio. Con el relator imaginan cada acción, tejen ataques en su mente, ven claramente las voladas del arquero y critican despiadadamente cada decisión arbitral, pero en silencio. Incluso, han desarrollado una habilidad rarísima para sonreír cuando la cosa está mal, en lugar de insultar a los cuatro vientos. Gol contrario, sonríen. Error arbitral, sonríen. Partido perdido, sonríen, pero enseguida buscan algún pretexto que les permita alejarse de la multitud que les rodea para dar rienda suelta a cuanto insulto les permita atenuar el enojo.

 

Cuando ganan y las cosas salen bien es más fácil, porque aún oyendo los comentarios finales luego del partido y las voces de los protagonistas, vuelven a mezclarse entre la gente con una elocuencia y simpatía aún más admirable que las del principio de la reunión. Y si de bailar se trata, pues ahí están, sacando brillo al piso. Y saborean la comida como si fuera el mejor manjar de los dioses, aunque sea esa desabrida sopa que suele cocinar una de sus suegras en las reuniones familiares. Receta de la bisabuela, un brevaje insoportable, pero como se ha ganado, todo sabe rico, todo es lindo, el mundo es mejor.

 

Así que la historia en Casa Blanca la conocen completa. No les contaron del sufrimiento y la frustración que se sentía en cada partido y que año a año se volvía cada vez peor, más difícil de manejar. Ese 4-3, cuando Schiavi terminó de darle la vuelta al marcador con Byron Moreno haciendo jugar 12 minutos más. O meses más tarde, el gol anulado al Tanque Hurtado, un amargo empate sin goles y el título del 2002 que se escapaba a manos de Emelec que ganaba en el Capwell al Aucas. La final del 2005, que terminó con baile y goleada. El empate de Bieler en el último segundo, cuando el Kitu Díaz había marcado dos golazos con los que el triunfo estaba asegurado. Y así, la lista de 40 y tantos partidos se posa sobre sus espaldas como una dolorosa cruz que hay que cargar cada vez que vuelve a repetirse el Liga-Barcelona en el hoy Rodrigo Paz Delgado.

 

Pero después del 2008, todo fue aún peor.

 

Liga Deportiva Universitaria ganó la Copa Libertadores y con eso, los dos subtítulos de Barcelona se veían chicos. Meritorios e históricos, pero pequeños. No insignificantes, pero casi. Porque a nadie entregan una Copa por llegar a la final. Porque dos finales perdidas no equivalen a una ganada. Porque nadie se acuerda del segundo, excepto los hinchas del Barcelona que se encargaron de recordar al Ecuador entero que ellos fueron los segundos en el 90 y en el 98. Porque si antes ellos eran objeto de envidia por haber peleado hasta el final, ahora que otro la haya ganado provocaba una mezcla de envidia y enojo, muy difíciles de manejar.

 

Podían decirles que eran unos anti patria, pero ellos en la final iban por Fluminense y por primera vez en su vida desearon que José Francisco Cevallos, ídolo de siempre de Barcelona y de la primera Selección Mundialista del 2002, no tape ni uno de los penales que se cobraron en el Maracaná. Pero el tipo va y ataja 3, y luego del tercero, el que cobró Washington, cuando Pepe Pancho salió corriendo al centro de la cancha, ambos imaginaron lo lindo que hubiera sido que en lugar de esa U en el pecho tuviese el escudo del Ídolo. Lloraron. De iras, pero lloraron. Apagaron inmediatamente la tele, no estaban dispuestos a ver, por tercera vez, como les levantaban la Copa en sus narices.

 

Desde entonces, todo fue peor. El siguiente Liga-Barcelona en Quito se jugó como casi siempre, con estadio a reventar. Y los que reventaron en realidad fueron sus oídos: “se ve y no se toca, la Libertadores y lara lara…” cantaron primero. Y luego: “No les da vergüenza, dos finales, ni una vuelta…” remataron los hinchas locales, dando la vuelta totalmente a aquello que hasta ese momento era su mayor orgullo y que ahora, les genera algo de vergüenza.

 

Pero lo peor de todo es que no había argumentos para defenderse. Debieron refugiarse en aquello que hasta ese momento usaban rara vez como argumento, porque a ellos les gustaba ganar en la cancha y en las gradas, pero sobre todo en la cancha. Así que ser el más popular, el de mayor hinchada, sí que es lindo, porque en todo lado te encuentras con uno o más barcelonistas, en cada ciudad y pueblo ves varias camisetas amarillas y a sus orgullosos dueños. Pero no hay nada como ganar. Y lo imaginan, lo piensan en voz baja, están convencidos: no debe haber nada mejor que ganar la Libertadores, esa que se nos escapó dos veces.

 

Bajaban a Cumbayá en silencio, pero sin dejar de pensar en la maldición de Casa Blanca, que algún día deberá terminar, se decían, como ya terminó la de Makanaki. Cuentan los que creen en eso -y el par de hermanos a la fuerza eran ya unos convencidos-, que el mundialista nigeriano de Estados Unidos 1990, llegó a Barcelona entre 1996 y 1997 y se fue muy enojado por el trato que le dieron los dirigentes de entonces que se negaron a pagarle una importante suma del dinero que habían acordado. El futbolista africano se molestó mucho por la falta de seriedad de quienes dirigían a los canarios por entonces y enterró unos huesitos en la cancha del Monumental, maldiciendo al equipo: ´mientras no se pague esta deuda, Barcelona no saldría campeón nunca más´.

 

La maldición tuvo efecto retrasado, pues en el 98, en el mismo Monumental, Barcelona dio la vuelta olímpica venciendo 3-0 a Deportivo Quito, el mínimo marcador que necesitaba para recibir el trofeo. Al año siguiente, ese mismo Barcelona, reforzado con los mejores jugadores de ese Deportivo Quito, que cambiaron de camiseta apenas terminaron los festejos, fueron subcampeones de América. Pero luego, nada. Increíblemente, varios equipos de ensueño y otros no tan bien armados, se quedaron más lejos o más cerca del título, pero nunca lo volvieron a ganar. Hasta el descenso peleó Barcelona en muchos de esos años; en algún caso, salvándolo de forma no tan deportiva. Lo cierto es que, nadie lo sabe cómo, la maldición de Makanaki se rompió en el 2012. Tal vez surtieron efecto las plegarias a la Virgen Dolorosa que propuso un Presidente del Club, cargando la imagen religiosa en una rueda de prensa. O tal vez le pagaron al nigeriano, cosa que para muchos resulta aún menos creíble que todas las otras opciones mágicas y esotéricas.

 

Pero la de Casa Blanca sigue intacta y mientras más lo piensan, mayor es la impotencia. Porque al igual que en los otros cuarenta y tantos lunes luego de un Liga-Barcelona, mañana deberán aceptar resignados y con pocos argumentos, las cargadas de cuanto amigo, compañero, vecino o familiar liguista se cruce, que para colmo, en Quito son la gran mayoría y en su entorno prácticamente todos.

 

El año pasado, en medio de estas mismas angustias tras otro partido perdido en Ponciano, uno de los hermanos se planteó seriamente la idea de ir a vivir en Guayaquil o en cualquier ciudad de la Costa Ecuatoriana mientras Barcelona mantenga esta racha negativa. Se decía él, allá no tendré que soportar el embate de tanto liguista que disfruta de esta racha tanto como él y su hermano la detestaban. Maduró la idea, buscó opciones de negocios, pensó en quién iba a ocuparse de su oficina en Quito, buscó una casa cómoda para la familia, colegio para los hijos, opciones para que su esposa desarrolle su profesión y se encargó de dar solución a cuanto detalle importante se le ocurría. Cuando tuvo todo listo, con presentación en Powerpoint y todo, se armó de valor para compartir la idea con su esposa. Semanas y semanas de planificación se derrumbaron en dos minutos: “No mi amor. No me gustaría ir a vivir en Guayaquil”, dijo su esposa con tono amable pero firme. Y ante la insistencia del marido, preguntó las razones que el otro se había guardado porque en el fondo sabía de lo ridículo que pudiese sonar para alguien que no entienda su problema.

 

Expuso las verdaderas razones de su loco plan y recibió una respuesta aún mas contundente:  “yo no me voy, mis hijos tampoco”. Dicho eso, la señora se levantó y se fue al dormitorio. Hasta ahí llegó la idea. Podía soportar las bromas pesadas de los liguistas, pero no podía vivir un minuto alejado de los amores de su vida.

 

El otro hermano, menos extremista, más centrado, como siempre, no es que se lo tomaba con más calma, para nada, pero había encontrado una solución más práctica. Simplemente se desconectaba un par de días de todas las redes sociales, evitaba salir el lunes después del partido, planificaba reuniones donde no se hablaba de fútbol o simplemente se tomaba el día libre para ir a jugar golf en Puembo. Y sólo por si acaso, prohibió a todo el personal hablar de fútbol delante suyo cuando Barcelona pierda. Más aún si era con Liga. Poco tolerante, se cuestionaba él mismo, pero al final, se justificaba: ‘de algo ha de servir pues que yo haya construido mi propia empresa, ¿o no?’.

 

Justo es reconocer, que sin que nadie pudiera prohibirle nada ante sus empleados, él nunca fue capaz de pronunciar una sola palabra cuando Barcelona derrotaba a Liga, obviamente en Guayaquil. Ni una mirada, ni una mención indirecta. Nada. Tal vez por eso no es sorprendente que en diciembre del 2012, cuando Barcelona volvió a ser campeón, tras 15 años de sequía, todos sus empleados lo hayan estado esperando afuera del edificio. Cuando dio la vuelta a la esquina, manejando su flamante Mercedes Benz, las decenas de personas que bien lo querían, la mayoría liguistas, lo recibieron con un caluroso aplauso, apostados en ambos lados de la vereda. Los choferes de los camiones de la empresa hicieron sonar sus pitos, mientras papel picado y serpentinas volaron al aire, como en el estadio, impulsados por obreros y ejecutivos. Y al final de todos, en la puerta principal, su secretaria (Súperhincha de General Norte Alta, bloque C, fila 2, asiento 19 – todos lo sabían porque ella lo repetía siempre-), en nombre de todos sus compañeros, le entregó un ramo de girasoles amarillos, como Barcelona, y unos claveles rosados, con alusión indirecta y pícara a los 15 años de la larga espera que habían finalizado.

 

El silencio, que parecía no se rompería hasta llegar a la casa de los viejos, finalmente fue interrumpido luego de leer un mensaje de Whatsapp que acababa de llegar, cuando conducían por la Av. Interocéanica, justo en la curva que separa Miravalle 3 del 4. Ya no hay tiempo, le dijo el menor. Ensimismado en sus propios enojos, el otro regreso a ver con rostro fruncido, molesto por haber interrumpido el rumiar de la derrota. ¿De qué hablas?, preguntó con desprecio. El menor, sin girar la cabeza movió los ojos, los entre cerró y se le quedó mirando como si la respuesta fuera muy obvia.

 

Y lo era.

 

Lo hablamos después de almorzar, ordenó el mayor, y el silencio volvió a imponerse.

 

El almuerzo no fue normal. El padre no estaba a la cabeza de la mesa como siempre. Su puesto estaba vacío, nadie se atrevía a sentarse ahí. Todos tenían puestos fijos en aquella mesa ovalada que se agrandaba para recibir más comensales. Ni bien llegaron, los hermanos olvidaron la amargura que tenían y la cambiaron por otra peor. El abuelo, liguista apasionado, no los había llamado por teléfono para hacerles las cargadas de siempre. Hasta hace poco, ni el tanque de oxígeno que desde hace unos pocos meses le acompañaba a todo lado, ni sus dolencias cada vez más graves, se habían llevado la picardía de su voz y unos ojos negros llenos de amor, con los que se encontraban en video llamada. Sus nietos, eran para el viejo árbol de roble, el motivo de sus mayores alegrías y orgullos, aunque fueran barcelonistas y vivieran a miles de kilómetros de distancia. No importaba el color de la camiseta si en el corazón sólo había amor. Nunca lo dijo en público, pero todos sabían que hubiera preferido que su hijo y por lo tanto, sus nietos, se hubieran enamorado de ese blanco impoluto, de la U roja en el pecho, como él. Pero no.

 

Nunca opinó, nunca insistió. Varias veces se preguntaba qué hubiera pasado si en realidad hubiese intervenido, como lo hacen otros abuelos. Bien pudo regalarles la camiseta cuando eran chicos, chantajearles para que al menos digan que son de Liga, a cambio de una buena golosina o de algún regalo coimero. Pero, de nuevo, no.

 

El abuelo prefería que cada uno encuentre su camino. Entendía la libertad como tal. Y así mismo en política, como en deportes y como en cualquier otra decisión. Nunca dijo no cuando le solicitaron consejo o ayuda. Pero jamás intervino si no le pidieron. Esa lejanía no puede mal interpretarse. La versión de respeto que le enseñaron en casa, le impedía invadir un espacio que no le correspondía, llegar a donde no le llamaban, menos aún imponer ni convencer con métodos subrepticios. Añoraba la felicidad de su gente y la buscaba sin descanso, desde un lugar invisible pero absolutamente imprescindible.

 

Desde que los hermanos eran chicos, el abuelo contaba mil historias, pero casi ninguna de fútbol. El viejo había visto mucho en las canchas y tenía más de una anécdota que merecía ser contada, pero no lo hacía para no invadir el sentimiento de sus nietos barcelonistas: desde la época del “Chompi” Ponce, del “Caracuso” Ordóñez, del “Omoto” Rodríguez. El viejo vio nacer el clásico con Aucas, estuvo en las primeras veces que el “Chile” Díaz adaptó el C-H-I de Chile al L-I de Liga. Y de ahí para adelante, imagínense. Sapia, Di Niro y Ortega, recitaba. Cantó los goles de Coutinho y disfrutó de la elegancia de Gem Ribadeneira. Desde 1969 vio a los equipos campeones nacionales de Liga y en casi todos festejó con baño. Primero en la vieja pileta de Santo Domingo, luego en la Indoamérica. Sí, casi todos, incluso en las cuatro copas internacionales que se definieron en la noche, porque aunque a esa hora en Quito no hay cómo meterse en el agua fría y menos a esa edad, él ya había elegido este largo y doloroso auto exilio que lo encontró en pleno verano, disfrutando de una piscina de agua tibia, en la que nadaba él sólo, con ropa y cantando barras de la Liga.

 

Y en el último título nacional, en el 2018, ganas no le faltaron. Allá lejos, se imaginaba caminando, lento, aún con los años a cuestas, pero feliz, cantando con los muchachos que vestían del mismo color, recorriendo la avenida América hasta llegar a su vieja Universidad, a la pileta querida.  A la mañana siguiente de aquel 16 de diciembre, el domingo cuando Liga derrotó a Emelec y dio la vuelta olímpica, entró a la ducha con la pijama puesta y por encima, con la camiseta del Centenario que sus nietos le habían regalado y que él recibió hacía pocos días: el viejo sello de la Universidad Central a un costado del pecho, atravesado por una franja roja. La enfermera que lo ayudaba no entendió lo que pasaba. El abuelo, con sus ojos brillando le explicó la tradición y entonces ella lo acompañó en el festejo, riendo y celebrando cada gesto del viejo liguista, que en el ocaso de su vida, aún sentía intensamente ese amor que le había acompañado por más de 80 años. Cuando el agua le mojó la nuca, luego la espalda y poco a poco el resto del cuerpo, levantó uno de los brazos y con el puño en lo más alto gritó tan fuerte como pudo: “Somos los estudiantes, alegres soñadores, que vamos en la vida en pos de una ilusión…”

 

Para el almuerzo familiar y dominguero, el viejo no había llamado, y el lugar de su hijo, del padre de los barcelonistas, estaba vacío en la cabecera de la mesa. Las noticias llegadas del norte, aceleraron el asunto que tenían en mente los dos hermanos, que olvidando una nueva derrota de su equipo en Casa Blanca, se reunieron luego de comer, en el sótano de la casa de su abuelo, donde nadie podía verlos, ni oirlos.

 

Había que hacerlo pronto, no había mucho tiempo. La idea había rondado varias semanas en sus cabezas y tenían todo resuelto. Nada más era asunto de poner en marcha todo lo diseñado, aunque ahora el motivo era diferente. De entre unas cajas polvorientas, el mayor de ellos, siempre más precavido, sacó un papel doblado en cuatro y lo desplegó en una pequeña mesa donde su padre arreglaba las cosas de la casa.

 

Era un plano perfecto de la sala de prensa del Estadio de Liga. Los accesos, el lugar donde estaban los guardias, los pasillos que conectaban a otras instalaciones y obviamente, marcado en rojo, el lugar donde se exhibe la Copa Libertadores. La cosa no iba a ser fácil, pero era posible y ellos estaban resueltos.

 

– Tenemos que hacerlo ya, ordenó el mayor.

 

– El martes juegan de nuevo por Copa, informó el menor.

 

– Entonces que sea martes, volvió a la carga el más grande.

 

– Pero no hay suficiente tiempo, afirmó el más chico, muy preocupado.

 

El otro fingió no haberlo oído, repasó los detalles del plan, cerró el plano y ambos subieron a la sala. Estaba todo listo y ellos estaban decididos.

 

Y así fue. La noche anterior ninguno de los dos pudo dormir. En realidad, toda la semana la habían pasado así. Daban vuelta en la cama y tardaban largo rato en conciliar el sueño. Pensaban en el abuelo. Pensaban en el Liga-Barcelona. Y ahora, pensaban en su plan. A media madrugada despertaban con sobresaltos y muchas veces, ya no volvían a dormir hasta la hora de levantar a los niños, prepararles el desayuno y salir a trabajar.

 

Las esposas de ambos creían saber lo que pasaba, lo entendían, pero intuyeron algo raro en las últimas noches de insomnio. Sus preguntas fueron eludidas con la habilidad del Pipa de Ávila, nunca con la dureza de Montanero y algunas veces, recibieron respuesta con la elegancia de Insúa. Igual ellas estaban seguras de que algo más pasaba aunque conociendo la cercanía con el abuelo, pensaban que la angustia y el dolor los tenía somnolientos, insomnes e irritables; pero jamás imaginaron lo que tenían entre manos.

 

El martes, ambos esperaron el amanecer con los ojos bien abiertos, cada uno en su casa, cada uno en su cama, pero pensando en lo mismo. No podían fallar. Habían planificado todo por una década, tenían todo estudiado, todo perfectamente pensado. Fueron como de costumbre a sus oficinas, cumplieron con la agenda que tenían prevista y se encontraron como a la hora acordada, vistiendo jean y zapatos deportivos, lo más sencillo que encontraron de su fabuloso guardarropa. Gorra, gafas y los chalecos naranjas que usa el personal de seguridad del Estadio de Liga que habían mandado a confeccionar en un local que fabrica uniformes deportivos en San Blas, a donde llevaron simplemente varias fotos tomadas en partidos anteriores. La réplica era exacta y nadie se dio cuenta que ellos no eran parte del personal de seguridad, cuando más de trescientas personas se reunieron en el parqueadero de suites, a recibir órdenes y disposiciones de Diego Castro, Julio Álvarez y Patricio Martínez, los hombres duros de los operativos en días de partido.

 

Se mezclaron sin dificultad entre los “steward” de Ponciano, una versión muy criolla de los agentes de seguridad de la Premier League, y desempeñaron a cabalidad la tarea encomendada. Ayudar a encontrar los puestos asignados en los boletos, impedir que nadie se siente en las gradas de acceso, observar que nadie lance objetos a la cancha, etc. etc. Al final del partido, ya entrada la noche y luego de ayudar a evacuar las gradas, volvieron junto a sus compañeros al sector de la palmera, donde todos se reúnen para reportar incidentes y sobre todo para recibir los 20 dólares que Liga paga a su personal de seguridad.

 

Una vez ahí, y con el pretexto de buscar un baño, el menor de los hermanos se escabulló a la sala de prensa. El chaleco de seguridad fue su pasaporte. Escuchó las preguntas de los periodistas, las respuestas de los entrenadores: uno escudándose en la altura para justificar la derrota, y el otro exaltando los colores y la estirpe de esa U en el pecho, que volvía a pasar de ronda en Copa Libertadores. Ahí esperó pacientemente a que la sala se desocupara, luego de que Francisca Carrillo entregó los datos de taquilla. Cuando casi todos se habían ido, excepto Saúl y sus colaboradores los sonidistas que desmontaban sus equipos, se acercó a la tarima y se metió debajo del escritorio donde los entrenadores comparecen ante los medios. Minutos después, la sala se vació por completo, se apagaron las luces y el barcelonista menor quedó totalmente sólo en la sala donde se exhibían la Copa Libertadores, la Copa Sudamericana, las dos Recopas, los trofeos de Campeonatos Ecuatorianos, incluso el último ganado en el 2018, junto a fotos de momentos memorables y de personajes emblemáticos de la historia de Liga. Aún en la oscuridad y pese a la premura, se sentó en la tarima unos minutos a observar todo lo que había a su alrededor y no pudo sostener las lágrimas.

 

Su abuelo estaba ahí, en la foto de los del 69, en la gigantografía del Estadio, en el papel picado que cae detrás de Urrutia en el Maracaná, en la gambeta del Mago Salas, en ese grito de gol del Cacique Tapia, en esa U que él decidió no amar, esa U que le ha dado tantos disgustos, por la que ha recibido tantas cargadas. Esa U a la que no ha podido vencer nunca en su vida. Esa U que debería odiar, pero que no, porque esa misma U es la que lo lleva a la sonrisa del abuelo, a los helados de los domingos en la tarde, a los cigarrillos y las largas conversaciones en el estudio de su casa oyendo yaravíes, tarareando pasillos, rasgando imaginariamente una guitarra con la mano moviéndose sobre la barriga. Esa U que, acaba de entender, es suya aunque no lo sea nunca.

 

Una vibración de su celular le hizo salir de sus divagaciones sentimentales y le recordó para qué estaba ahí. Se secó las lágrimas, extrajo de los bolsillos interiores de su chompa dos desarmadores y un cuchillo. Es curioso, la gente de seguridad revisa que nadie introduzca en el estadio objetos peligrosos como esos, pero a ellos nadie los cacheaba. Con mucha habilidad y sin hacer ningún ruido, alumbrado solamente por la luz que entraba por la ventana y que iluminaba la estatua de Rodrigo Paz en la parte exterior del estadio, desmontó la urna de cristal donde se exhibe la Libertadores. La levantó con cuidado y en ese momento imaginó a Carlos Luis Morales levantándola en 1990, junto a Saralegui, Trobiani, Montanero, Muñoz, Bravo, Izquierdo y Uquillas, cuando él era aún pequeño. Recordó las lágrimas detrás del televisor y anheló cambiarlas por otras parecidas pero de alegría. Pensó en el Pipa de Ávila, en el Chino Gómez, en el Tin Delgado, en Carabalí, Quiñónez, George, Noriega, Ascencio, y en el mismo Montanero, caballero de mil batallas de su amado Ídolo; y recriminó a Cevallos, que 10 años después de aquella final del 98, sí pudo ganar la Libertadores con otro equipo y no con el suyo.

 

Levantó la Copa y la quiso hacer suya, pero no pudo. No sintió esa electricidad que había escuchado de sus amigos liguistas, que aprovechaban cada oportunidad para tomarse fotos junto al trofeo más preciado en la historia del fútbol ecuatoriano. Una foto que su abuelo no había podido tomarse, pues jamás volvió luego de su partida, hace ya casi 12 años, justo antes de que Liga la ganara. Con la Copa en las manos, se sintió extraño mientras en su cabeza se repetía esa frase que la hinchada de Liga siempre le cantaba, con dedicatoria directa a él: se ve y no se toca. Bueno, la estaba tocando, de hecho, se la estaba llevando, pero con este sentimiento raro que le revolvía el estómago.

 

Ahora lo difícil era sacarla de ahí, pero su hermano mayor lo tenía todo perfectamente planeado. En una esquina de esa misma sala había escondido temprano, debajo de las mismas vitrinas que exhiben los trofeos, una maleta grande con insignias de la Cruz Roja por fuera y con atuendo de paramédico por dentro. El menor, dejó la Copa a un lado y se cambió de ropa. Luego guardó la Copa y salió de la sala por la puerta trasera, por donde él ya sabía que no habían guardias y que llevaba directamente al parqueadero lateral del estadio, donde su hermano le esperaba en una ambulancia que había alquilado solamente para este atraco.

 

El motor estaba en marcha, subió por la puerta lateral sin apuro, dejó la maleta en el piso, se sentó y su hermano puso primera. Encendieron las balizas pero no la sirena y lentamente, sin levantar ninguna sospecha, pasaron entre sus compañeros de seguridad, cedieron el paso a un grupo de periodistas que habían terminado su trabajo y salían comentando del partido, saludaron con una venia a un escuadrón de policías que aún permanecía en el estadio y llegaron a la puerta de principal. El guardia ni se acercó. Abrió la puerta automáticamente y saludo a los supuestos paramédicos con una amable y leve movimiento de su mano. En ese momento, Diego Castro pasaba por ahí y no perdió oportunidad para agradecer a los supuestos enfermeros por haber venido. Los hermanos disfrazados de enfermeros respondieron el saludo y salieron de Casa Blanca, por primera vez en más de dos décadas, sintiendo que habían ganado.

 

Al virar por la esquina de la John F. Kennedy, los atracadores entraron en angustia, querían alejarse lo antes posible, entonces encendieron la sirena y así sortearon el tráfico intenso que se genera luego de un partido de Liga y se escabulleron hasta llegar a la Simón Bolívar donde todo fue mucho más rápido. Llegaron a casa en menos de 30 minutos. Todos los esperaban, todos sin saber por qué no habían estado ahí un par de horas antes, cuando él había llegado, directamente desde el aeropuerto, tras tantos años sin haber venido.

 

El abuelo estaba en su cama, débil pero lúcido. Al verlos, abrió los ojos que se apoderaron de un brillo que hacía mucho no tenían, lo que iluminó la habitación aún más que la tenue lamparita de la mesa de noche. Intentó incorporarse. No lo logró. Y ellos tampoco lo permitieron. Uno a uno, recibió el beso añorado y una caricia leve, sin palabras de por medio. Dejaron la maleta a un lado mientras el abuelo, emocionado, empezó a preguntarles qué era de su vida. ¿Están bien? ¿Son felices? ¿Y el trabajo? ¿Y la familia? Y luego, como para convencerse definitivamente: ¿Están bien? ¿Son felices?

 

Ambos respondieron con sinceridad. Estaban bien y felices, pero ocultaron los miedos, la tristeza de lo que estaba a punto de venir, lo inevitable. El abuelo pidió incorporarse. Uno de cada lado lo ayudaron a sentarse al filo de la cama. El abuelo se quejó.

 

– Carajo, tienen las manos frías.

 

– Perdón abuelo, dijeron ambos a la vez, antes de lanzar una risa incómoda al principio, cómplice después, junto al hombre que tanto aman.

 

Luego que no, que quería pararse. Que mejor sentado. Que mejor lo ayuden a acostarse. El dolor no daba tregua, pero el amor de los nietos no admitía el no atenderlo, sin importar nada más que hacerlo sentir lo mejor posible.

 

Por las mentes de los nietos barcelonistas pasaron miles de pensamientos. ¿Cómo harían el resto de sus vidas sin él, el amigo, el cómplice, el hombre del ejemplo y del amor? En más de una ocasión apretaron fuerte la garganta para no derramar las lágrimas que querían brotar a chorros. Las escondieron entre bromas y caricias, tranquilizando al abuelo moribundo que tanto había entregado en la vida.

 

– Abuelo, te tenemos algo. Pero promete que no vas a hablarnos, dijo el menor de los hermanos, mientras el mayor acercaba la maleta de paramédico.

 

– ¿Y qué hicieron ahora, par de locos?, dijo, intuyendo que algo extraño iba a pasar.

 

– Nada abuelo. Pero ponte tu camiseta, aquí está, dijo el menor. Y entre ambos lo ayudaron a sentarse de nuevo en el filo de la cama para que se ponga ese pedazo de tela que ellos tanto aborrecían, menos cuando él lo llevaba puesto.

 

– ¿Te acuerdas de la promesa que te hicimos alguna vez? ¿Que cuando vuelvas a Quito te íbamos a llevar a ver la Copa Libertadores y que nos íbamos a tomar una foto contigo?

 

– Si, claro que me acuerdo, respondió. Pero ya ven mijos, parece que no se va a poder.

 

El abuelo miró con tristeza a sus nietos.

 

– Sí que se va a poder, dijo el uno y el otro sacaba la Copa.

 

– Aquí está.

 

El abuelo no salía de la sorpresa. Sin preguntar, tomó la Libertadores entre sus manos y con la ayuda de sus dos nietos la levantó como lo hizo el Pato Urrutia en el Maracaná, mientras pensaba que era más linda que lo que se veía en fotos. Y más grande. Y más pesada.

 

– Espera abuelo, falta algo. ¡La foto!

 

– A ver abuelo, sonríe. El menor de los hermanos sacó su celular y tomó una selfie. Ambos abrazándolo y él sosteniendo con ambas manos la Copa que descansaba en sus piernas.

 

– Pero, ¿cómo hicieron?, preguntó el abuelo, recobrando la sensatez tras el intenso momento de emoción.

 

– Nada abuelo, quedamos en que no nos ibas a hablar, sentenció pícaramente uno de los dos. Mejor, danos la bendición que ya tienes que dormir.

 

El viejo, también con lágrimas contenidas, con el corazón galopando en su pecho, extendió su brazo derecho e hizo dos señales de la cruz, una para cada uno de estos dos barcelonistas que amaba con locura.

 

– Que Dios te bendiga mijo. Que Dios te bendiga mijo. Repitió dos veces.

 

Los hermanos salieron de la habitación, pero no la Copa, que se quedó en la mesita de noche, ya sin la luz tenue de aquella lamparita que también se apagó en ese preciso momento.

 

Dos días más tarde, a la oficina de Esteban Paz llegó una enorme caja entregada por un motocicilista. El caos estaba instalado entre todo el equipo de directivos y funcionarios de Liga: a un lado, el Doctor Isaac Álvarez y el mismo Esteban Paz, junto con la relacionadora pública, Francisca Carrillo, preparaban el boletín oficial para comunicar a la hinchada sobre la desaparición de la Copa Libertadores. Diego Castro coordinaba el operativo de búsqueda con la Policía Nacional. Katty León buscaba en sus archivos las mejores fotos de la Copa para entregárselas a Raúl Vejar, quien preparaba el arte en Photoshop que acompañaría a la declaración oficial. Julio Álvarez revisaba las cámaras de seguridad del estadio, buscando a los delincuentes. Afuera, los periodistas empezaban a llegar para confirmar el rumor que con los días había crecido. Patrullas, cámaras y micrófonos inundaban la vereda. Los curiosos se acercaban a ver qué había pasado. A lo lejos, un canto de hinchada se hacía cada vez más fuerte. Era la Muerte Blanca que venía en caravana a pedir explicaciones. ¿Nos robaron la Copa?

 

La secretaría recibió el paquete junto con una carta, firmó el acta de entrega y subió al segundo piso para entregarlo al destinatario.

 

– Señor Paz, un mensajero trajo esta caja y este sobre, es para usted.

 

Esteban abrió el sobre y leyó, primero en mentalmente mientras cambiaba la expresión de su rostro. La preocupación se transformó en enojo, el enojo en tristeza y la tristeza en alivio. Al terminar de leer, ordenó que se abriera la caja. La Copa estaba ahí, intacta, sin un rasguño.

 

Todos los presentes explotaron en una mezcla de grito de alegría y suspiro de alivio. Esteban Paz se sentó en la silla de su escritorio para digerir lo que había pasado y finalmente se puso de nuevo de pie.

 

– Atención señores. Aquí está la Copa, dijo en voz alta el máximo dirigente de la U. Desmientan rumores, detengan el operativo de búsqueda. Aquí no pasó nada. Por favor, que suban los periodistas, que tomen videos y fotografías de la Libertadores. ¡Aquí no pasó nada!.

 

Y enseguida pidió: Coronel, que se detenga la búsqueda de los culpables. ¡Aquí no pasó nada!

 

El alivio de los presentes se convirtió en incertidumbre. Todos querían ver en la cárcel a aquellos delincuentes, ladrones, hijos de su madre, ¡que paguen por haberse llevado nuestra Copa!. Minutos antes, el mismo Esteban Paz había pedido que se maximicen esfuerzos para encontrar el trofeo y a los culpables y ahora dice esto otro, se preguntaban los más cercanos colaboradores de Liga.

 

El mismo Doctor Isaac Álvarez no entendía lo que pasaba. Tomó a Esteban del brazo y lo llevó al interior de la oficina. Cerró la puerta y preguntó qué estaba pasando.

 

Esteban no dijo nada, sólo entregó la carta que aún estaba en sus manos, aún temblorosas.

 

Señor Paz:

 

Usted y los hinchas de su equipo nos cantan siempre que la Copa se ve y no se toca, que si no nos da vergüenza haber jugado dos finales y no haber dado ni una vuelta. Pues mi hermano y yo, barcelonistas a mucho orgullo, cansados de tanta burla, planificamos robarla y lo hicimos.

 

Cuando lo pensamos por primera vez queríamos desaparecerla para siempre como lo hicieron los ladrones que se llevaron la Copa Joules Rimet en Brasil. Pero no, no queríamos venderla, ni fundirla. La íbamos a esconder en algún lugar donde ningún liguista pueda volver a verla, ni a tocarla nunca más.

 

Pero los planes cambiaron y el atraco que habíamos pensado para avergonzarlos a ustedes sirvió para cumplir la promesa que le habíamos hecho a mi abuelo liguista y para darle una alegría. Hace dos días abrazó la Copa, sonrió y bromeó con nosotros, sus nietos barcelonistas y nos tomamos una foto con la Libertadores.

 

Perdone usted al decirle que el riesgo y las consecuencias de nuestro acto valieron la pena. Al final de esta carta usted encontrará nuestros nombres y direcciones. Sabemos que la cárcel podría ser nuestro destino y estamos dispuestos a enfrentar lo que se viene. Pero antes, quiero que sepa algo

 

Reciba la Copa y nuestras disculpas, pero sin arrepentimiento. Porque si el pago por nuestra acto sería el mismo, le juro que lo volveríamos a hacer, mil veces Porque nuestra condenable acción nos dejó el último recuerdo que tendremos de nuestro abuelo, sonriendo, feliz, puesto la camiseta de su Liguita, como él le decía, justo antes de darnos la última bendición y recostarse a dormir para siempre, pero cantándonos que la Copa, que la Copa se ve y no se toca…

 

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