En los últimos tiempos, su salida del Arsenal se vaticina con tanta insistencia como la muerte de Fidel Castro. El Siglo XXI requiere novedades constantes, le impacientan los récords de perdurabilidad. Sean los de un revolucionario que controla su legado desde las sombras o de un director técnico que desafía la estabilidad en un oficio cada vez más volátil, en el que casi nadie se sostiene sin una continuidad de éxitos.

Hoy parece de lo más normal, pero por entonces, con una Premier League que apenas tenía cuatro años de vida, la contratación de un manager extranjero era una rareza. Antes sólo lo había intentado Aston Villa, con el checoslovaco Josef Venglos. El rudo zaguero Tony Adams no ocultó el resquemor por la llegada de un foráneo: “Existía el miedo a un cambio, a lo desconocido”. Arsenal era un equipo tosco, de juego directo, con suerte adversa en los resultados. Estos tópicos los desarrolló con pasión de hincha y expresividad de escritor Nick Hornby, en su ya clásico “Fiebre en las gradas”.

Con Wenger a la cabeza, Arsenal puso en marcha su plan estratégico para la integración de los planteles: jugadores ya hechos, de exquisita técnica, y también jóvenes promesas de otros centros europeos, que aún no hubieran debutado en primera, para terminar de formarlos en su academia. El mejor ejemplo de esa búsqueda fue Cesc, compañero de Messi en la Masía, capturado por las redes de los Gunners y consolidado en primera de la mano de Wenger, a quien considera como un maestro.

La historia le reserva un lugar destacado a la conquista de la Premier 2003/04, de manera invicta (26 triunfos y 12 empates), con el equipo bautizado como “Los Invencibles”, que contaba con Seaman, Campbell, Vieira, Pires, Bergkamp y Henry. Siempre llamó la atención que su radar para detectar proyectos juveniles no reparara tanto en las promesas argentinas. A su mando sólo estuvieron Nelson Vivas y el arquero Damián Martínez.

En dos décadas fue testigo de la mudanza de Highbury al Emirates Stadium. Con la obtención de la FA Cup 2013/14 cortó una racha de ocho años sin títulos. José Mourinho lo eligió como uno de sus enemigos por su discurso lírico, con más verbos y adjetivos que resultados concretos sobre la cancha. Muchos de los hinchas que lo veneran también se preguntan si ya no se acabó su tiempo, si su método no está estancado. Lo hacen con el respeto hacia quien si está 20 años en un puesto es digno de ser reconocido como el Profesor.

Fuente: Canchallena