“Tengo ganas de llorar” Así de duro era el momento para aquella hincha de Liga que veía el partido desde la General Norte Baja. Ella y sus dos hijas adolescentes querían mantener el optimismo pero lo vivido en los últimos 45 minutos les hacía muy difícil sostener que sí, que ese invicto se quedaba en Casa Blanca.

Barcelona ganaba 1-0 con gol de Vera y Liga sin ser inferior a su rival no solo estaba abajo en el marcador sino que -lo peor de todo- había mostrado pocos argumentos futbolísticos como para que el hincha de la U conserve la esperanza basado en la realidad. Cuando los jugadores de la U comenzaron a caminar al vestuario tras el pitazo de Carlos Vera señalando el final del primer tiempo, la hinchada se levantó de sus asientos y despidió molesta al equipo pidiendo más, mucho más: “A ver, a ver los jugadores; a ver, a ver si pueden oir: por la camiseta de Liga vamos a matar o morir”

No fue un canto, fueron miles de gritos desesperados, angustiados; nacidos de gargantas poseídas por furiosos y sufridos hinchas vestidos de blanco que intentaban sacar su sufrimiento de cualquier manera. Era otra forma de decir, como un tuitero: #CómoMeDuelesLiga.

Acto seguido, la hinchada de Barcelona que estuvo a punto de llenar la General Sur Alta, no perdió tiempo para hacerse sentir en el estadio aprovechando el silencio dejado por los locales. “Yo te daré una cosa que empieza con V…” entonaron alegres, sintiéndose ya triunfadores, festejando antes de hora.

El grito de la hinchada canaria y su alegría no fue lo llamativo. Más llamativo fue que el Ídolo del Astillero jugando por la punta del torneo no sea capaz de llevar más gente al estadio. Fueron unos 3.500, tal vez un poco más.

También fue llamativa la respuesta de los hinchas albos tras la cargada visitante: ¡Nada! No dijeron ni respondieron nada, absolutamente nada. Normalmente, tras una silbatina de desaprobación, se inundaba el estadio con el “que se paren los de Liga” seguida del “poropopó”, del original “Yo te daré” o del que debe ser tan doloroso para los rivales de turno: “oooh, no te da vergüenza, dos finales, ni una vuelta…”

Pero nada, el hincha de Liga en el estadio estaba masticando su propia amargura. No importaba lo que pudiera decirse, ni siquiera desde la barra rival. El corazón estaba roto, casi irremediablemente destrozado…

Quince minutos bastaron. En el camerino y en las gradas. ¿Qué pasó? No sabremos precisar. Cuando las camisetas blancas emergieron del boca túnel, el dolor y el pesimismo se transformaron en una cálida y ferviente bienvenida y el “¡Vamos Liga!” gritado de forma individual, no en canto colectivo, fue el primero de los pasos para cambiar una historia de derrota: volver a creer, volver a alentar, volver a ilusionarse al menos por otros 45 minutos.

¿Y en el camerino? No hemos averiguado, ya lo haremos; pero está claro que dentro de esas 4 paredes pasó esta cosa mágica que los futboleros creemos que solo acontece en nuestro deporte, pero que en realidad, pude pasar en cualquier ámbito de la vida. Entraron con la cabeza abajo y salieron con el corazón ardiendo, convencidos que ellos no serían los primeros que saldrían de la cancha derrotados por Barcelona en más de 20 años en Quito, 19 de ellos en esta cancha que vio 5 finales continentales y que levantó 4 copas internacionales y 7 locales (incluída la de la B).

Un invicto que lo supieron defender Barcos, Bieler y el Tanque; Manso, Escobar y el Equi. Jácome, Espínola y el Beto. Neicer, Ulises y el Chucho. Pepe Pancho, el Chinto y Domínguez. Alfonso, el Pato y el Rambert.

No sabemos qué pasó, pero algo cambió. Liga salió a comerse a Barcelona. Casi literalmente. Había que pasarlo por encima y eso hicieron. Mientras tanto, en los graderíos, los recuerdos internacionales y locales florecieron en una afición que se encendió sin demora, que en efecto estaba alentando y creyendo, que sin entender cómo, mutaron su incredulidad en una fe absoluta en que Liga es capaz de cambiar el derrotero de la vida. Que si una vez pudieron lograr una hazaña, que si luego lo repitieron varias veces aquí o allá; que si ya pasó hace años o hace poco hoy podía pasar de nuevo, hoy el invicto se podía quedar intacto, aunque sean los últimos y los otros los primeros de la tabla.

Y tal vez, esto solo lo imaginamos, lo intuimos, Barcelona también lo sintió. Varios de estos jugadores ya habían pasado por ese césped y jugando peor o mejor, ya se habían ido sin las alegrías que fueron a buscar. Victorias de las cuales se duda cada vez más, porque la maldición canaria en Casa Blanca ha sido hasta peor que la inventaron del “huesito de Makanaki”, que duró 15 años pero que ya se rompió. Los amarillos, con grandes jugadores en la cancha, dio la impresión de que se encogieron, futbolísticamente hablando. Retrocedieron y se mostraron sorprendidos, tal vez incluso algo asustados. Es que susto es similar a miedo. Y si bien la grandeza de Barcelona nos impediría hablar en esos términos, así mismo el fútbol sí nos lo permite: Miedo a ganar, miedo a volver a fracasar, miedo a regresar al vestuario igual que en los pasados 20 años, como en los anteriores 43 partidos; es decir, derrotados.

Y mientras los blancos enloquecían en las gradas, los amarillos empezaban a apagarse, contagiados de lo que pasaba en la cancha con su equipo. Tal vez, al contrario de sus rivales, la memoria empezó a jugar en contra y viendo lo que pasaba con los 22 allá bien abajo -tal vez, solo tal vez- sintieron la invasión del pesimismo que pocos minutos antes era propiedad absoluta de los del frente.

Yo todo se reflejó en el área sur. Se multiplicaron los de blanco y desaparecieron los otros. Cangá y Angulo “dieron empujando” los balones que en realidad embocaron los 20 mil de blanco que en las gradas -ahora sí- no pudieron contener la emoción. Que habían quitado la mano de la quijada para batirla con puño cerrado en lo más alto del cielo, apuntando arriba, señalando victoria.

Luego hubo tiempo para más, para sufrir, contener el aliento y esperar que los minutos pasen pronto. Para aplaudir y para insultar, pero ahora ya no a los propios sino a los del frente. Y claro, hubo tiempo para recordar que “la Libertadores se ve y no se toca”, mientras empezaban a guardarse los trapos en la parte alta de la sur que se había silenciado por completo, que esperaba un milagro que nunca llegó, como no llegó en los últimos 20 años.

En 3 minutos cambió la historia. O mejor dicho: bastaron 3 minutos para mantener una historia de paternidad absoluta, la más grande entre equipos grandes: en el partido 44, el que mayor preocupación había generado entre los universitarios, cuando todo parecía perdido, la estadística se impuso, la camiseta de Liga se impuso de nuevo y sin importar que esté última en la tabla derrotaba a quien llegó como el gigante puntero, Barcelona. Una vez más…