La Red

El único hombre en tu vida soy yo

por el 12 mayo, 2016
Referencias
 
 

Aquí estás: bella, hermosa, mostrándome esa sonrisa que siempre fue capaz de cambiarme todo, iluminándome con esos ojos que me maravillaron desde la primera vez que los ví: grandes, de mirada alegre y soñadora. Aquí estás, desobedeciéndome en todo lo que te pedí casi a súplicas.

Que no crezcas te dije y mira lo grande que estás. Que no dejes de ser mi bebé te pedí y tu no hiciste caso. Que no tengas novio te ordené: eso con más énfasis que nada; te lo vengo repitiendo desde que eras una niña chiquita. Te advertí que no iba a permitir que ningún muchachito, por más príncipe azul que tu creas que sea, me robe a mi princesa.

Y te dije que tenías terminantemente prohibido casarte. Lo dije tajantemente, dejando muy clara la instrucción que debías seguir: quedarte para siempre a mi lado. No podrás decirme hoy -como excusa- que no entendiste ni que mi orden fue vaga o ambigua. Ni siquiera podrás decir que te lo decía en broma, porque me aseguré una y mil veces de decírtelo muy en serio, cuidando que las expresiones de mi rostro fueran lo suficientemente expresivas para que sepas que no, que no estaba bromeando y que no estaba dispuesto a flaquear en mi tajante orden.

Pero un espíritu libre como el tuyo no puede ser encajado en los marcos de las órdenes de un celoso y posesivo papá, que además es egoísta, porque no quiere compartir el tesoro más grande de la vida con otra persona, menos todavía con otro hombre a quien deberá soportar que su amada hija le trate con el amor que siempre pensó que sería sólo para él.

Así que aquí estamos. Tu al frente mía haciendo gala de tu belleza mientras luces este vestido blanco de mis pesadillas, puesta la mejor de tus sonrisas, inmensamente feliz. Y tanta alegría no deja de sorprenderme pues no termino de comprender como puedes estar tan contenta de irte de mi lado, de dejarme sin tu abrazo nocturno o tu beso al despertar llamándome a desayunar. Cómo puedes estar tan feliz si mañana ya no despertarás en el cuarto contiguo, si la fiebre la pasarás lejos de mis cuidados, si en las películas del domingo en la tarde ya no estarás junto a mí, si en las noches frías trendrás lejos mis brazos que sin pedírmelo simplemente los ponías sobre tu costado usándolos para que yo te abrazen y te calienten.

De paso has decidido que a la iglesia vamos en mi carro, este viejo Mercedes Benz que compré cuando tu eras aún una niña y que varias veces quise vender. Tu mamá y tu hermano siempre estuvieron de acuerdo, uno de tus abuelos decía que modernice el auto mientras el otro se sentaba a admirar y disfrutar este maravilloso pedazo de ingeniería alemana. Pero era tu opinión la que al final terminaba pesando más: el auto se quedó para siempre. En estos asientos de cuero y con esa estrella plateada al frente, nos regañabas a todos si no teníamos bien asegurados los cinturones de seguridad, me hablabas enojada si pasaba el límite de velocidad en carretera y si algún frenazo brusco hizo que se te caiga el dulce que estabas disfrutando. En este sedán 4 puertas fuimos a tu primera fiesta y unas cuántas más tarde conocí a tu primer enamorado a quien para colmo me pediste que llevemos a su casa. Recuerdo claramente lo mal que me cayó ese jovencito, solo un poco peor que quien va a ser tu esposo en unos pocos minutos y que para colmo, nos has hecho poner trajes igualitos. Con estos pedales y en este volante aprendiste a conducir y con él fuiste a mil partes con o sin mí. Hoy será este mismo auto, el que tanto queremos, el último lugar que me permita sentir que soy el único hombre en tu vida, aunque tu ya hayas decidido marcharte con otro.

Para colmo me pides que no llore más, que cambie esa cara, que cuando me levante me pare recto. Frunces el ceño y acomodas el nudo de mi corbata, como siempre lo haces, pasas un cepillo por mi cabello asegurándote de que cada pelo y cada cana esté en su lugar y vuelves a revisar el resto de mi atuendo sin dejar de retarme por mi actitud de niño malcriado; ocupando esa posición que siempre creiste tener, como si el hijo fuera yo y tú mi mamá. Tu enojo cambia rápidamente de tono dejando que se transforme en miles de explicaciones en palabras de tu raro y extenso léxico que yo sigo sin encontrar sentido pero que curiosamente ingresan en mi mente matizadas por tu voz hechizera y embobado, casi embrutecido terminan haciendo que asinta en todo lo que me pides, sintiendo que mis propias fuerzas me abandonan, que me has transformado en un globo de helio dispuesto a dejarse llevar por el hilo que maneja tu dedo.

Me hablas y el resto desaparece, me miras y no hay más que hacer o pensar excepto lo que me pides, ahora con susurros al oído mientras arreglas el cuello de mi camisa y mi solapa, con esa sonrisa compasiva que me destruye, con una mirada triste de tus ojos al borde del llanto y sobre todo, con ese beso en la mejilla que como siempre, me eleva a lo celestial, me transforma en ser infinito y todo poderoso, en el más grande, en el mejor; y nada de aquello por propios méritos sino por saber que soy el padre de la novia más linda del planeta, de la historia y por los siglos de los siglos, ¡amén!

Con la fuerza que me entrega tu felicidad, con el torrente de energía que brotan de tus ojos -que debo aclararte una vez más y preciso sea el momento: siempre serán mi propiedad exclusiva- tomo aire y salgo del auto para abrir tu puerta. Todos esperan por tí y me es imposible no escuchar los susurros de exclamación que comienzan a contagiarse y multiplicarse entre todos. Extiendo mi mano y tu tomas la mía irrumpiendo en el sitio como lo hiciste en mi vida aquel 12 de mayo del 2008: sublime, perfecta, hermosa, imponente.

Tomas mi brazo y como cuando te llevaba a la escuela, como cuando paseábamos por el parque, comenzamos a caminar juntos. Tu saludas a diestra y siniestra, sonries con familiares y amigos que te mandan besos y bendiciones a la vez que iluminas todo a tu paso. Yo no estoy en mí mismo del puro orgullo que ha mandado a la tristeza al cuarto trasero de mis sentimientos, pero solo por un ratito. Yo floto en el ambiente. Yo no veo a nadie, solo te veo a tí sin poder salir del asombro de tanta belleza, preguntándome una vez más por qué eres tan linda, agradeciéndole una vez más a Dios por permitirme ser tu padre. Y nadie me ve a mí, te has llevado las luces y los flashes; de hecho, siento que mi presencia arruina un poco tanta belleza tuya, pero sin importar nada de lo que pase a mi alrededor, camino firme, erguido y feliz de sentir tus dedos entre los míos, tu brazo enlazado al mío. Contigo a mi lado: nada más importa, aunque en pocos minutos me vayas a cambiar por ese jovencito apuesto, de sonrisa sincera, de buenos modales y que aunque no es hincha de nuestro equipo por lo menos tampoco lo es de ese equipo que tanto me perturba y que de chiquita te enseñé a decir que era caca.

Él no espera unos metros adelante, con una sonrisa que a diferencia de la tuya, sí puedo comprender: él se lleva el premio mayor. Me acerco y vuelvo a soprenderme, pero ahora por él, por el novio: su rostro enajenado de alegría, su torpeza provocada por el nerviosismo de tu presencia, sus ojos saliéndose y su boca abierta en plena sonrisa. Es mi propia expresión, es mi propia mirada, mi propia torpeza. Es lo que provocas cuando apareces, es lo que consigues cuando enamoras. Y es en ese momento, apenas unos segundos antes de entregarte a tu nuevo hombre, que comprendo todo y por primera vez desde que me diste la noticia de tu matrimonio sonrío de alegría, dejo escapar más de una lágrima de auténtica felicidad. Acabo de entender que buscaste a quien pueda hacerte feliz en esta nueva etapa de tu vida y encontraste a un hombre bueno, que te cuide, que te ame, que te proteja y te respete, como yo desde tu nacimiento, como él lo hará hasta tu muerte (o se las verá conmigo, con tu hermano, los míos, tus primos y toda la barra brava de nuestro equipo y hasta la del equipo contrario).

Extiendo mi mano y aprieto muy fuerte la suya que no se queda atrás. Lo miro fijamente a los ojos e intento decirle con la mirada que todo lo bueno del mundo le pasará si te hace feliz y que yo mismo me encargaré de que todo lo malo le caiga si la cosa va al contrario. Esa mirada dura menos de un segundo, pero entre hombres a veces no hacen faltan las palabras. Él me ha respondido que me quede tranquilo, que así será y a la vez me ha agradecido por tí y por cómo eres, ambas cosas en las que yo tengo un mérito menor, porque por tí hay que agradecer a Dios y por cómo eres hay que agradecer (y a veces reclamar) a tu maravillosa madre, de quien eres igualita.

Tras ese segundo de miradas y apretones varoniles, extiendo mi brazo ofreciéndole la mitad de mi vida (la otra mitad es tu ñaño) a quien tu escogiste como el heredero del amor que hace unos años me pertenecía solamente a mí. Comienzo a sentir que la piel de tu brazo roza la del mío y que te alejas irremediablemente; una vez más me sorprendo: mientras sonríes yo no puedo creer que seas la misma niña que hace unos años no podía separarse de mi lado sin antes brindarnos un amplio y perturbador concierto de lloros y gemidos que en más de una ocasión me obligo a cambiar los planes y en otras, cuando era imposible postergar la partida, a alejarme en medio de un llanto aún peor que el tuyo, solo que masticado en silencio con un corazón roto por provocarte tal tristeza.

Tu brazo ya se deshizo del mío y yo supongo que ese y el otro lo estrecharán a él en un abrazo que me va a provocar mucha envidia. Y cuando estoy dispuesto a soportar el último gesto de tu despedida o el primero de tu partida, tomas mi mano una vez más, la llevas a tu espalda, vuelves tu rostro hacia el mío y nos fundes en un abrazo tan hermoso como inesperado. Tu voz vuelve a hipnotizarme y cierro los ojos para poder disfrutar aún más el momento; tus lágrimas mojan mi hombro y tu: “gracias papito” provocan que mis piernas pierdan definitivamente su fuerza para soportar mi peso y en lugar de estar atado al suelo por ellas, siento que vuelo, en lo más alto del cielo celeste más maravilloso, el de Quito. Y ahí, en medio de las montañas andinas, flotando entre los Pichinchas y el Panecillo, planeando sobre las cruces del centro y La Carolina, aterrizo de mi pesadilla con tus brazos aún asfixiando mi garganta, con tu pecho latiendo fuerte junto al mío y con mi voz emocionada y festiva gritándole a todo el mundo que hoy cumples 8 años y que el único hombre en tu vida soy yo. Yo y solamente yo.

Al menos por ahora…

 

AUDIO: El único hombre de tu vida soy yo.

 

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