La Red

La Carolina: ¿Parque o mercado?

por el 30 agosto, 2016
Referencias
 
 

El último fin de semana visité el parque La Carolina y me he quedado con un enorme dolor de ver el estado de este importante símbolo de mi ciudad; sobre todo, por la falta de educación de muchos habitantes que nos están llevando a vivir entre basura, ventas ambulantes y sin el más mínimo sentido de respeto hacia el resto.

Visitar el parque La Carolina por unos pocos minutos, un domingo cualquiera, es suficiente para concluir que este espacio público es un parque/mercado que mezcla irrespeto, malos olores, ventas de todo tipo y espacios ocupados erróneamente producto de una alarmante falta de consideración para con el resto: los peatones caminan por el ciclo paseo y se enojan si se les pide que vayan por donde les compete. Los ciclistas pedalean a toda velocidad por las veredas construidas para transeúntes salvándose de atropellar a niños, adultos o ancianos. Los vendedores se instalan donde quieran, los compradores se paran donde pueden. Todos, unos y otros invaden y destruyen los espacios verdes que no están diseñados para ser senderos ni patios de comida.

Caminar por La Carolina es pasearse en un mercadillo donde uno puede comprar pelotas para hacer deporte, gorras para cubrirse del sol, cometas y globos, nada raro si hablamos de un espacio de deporte y recreación. Pero también uno puede adquirir alcancías de barro, artesanías de los más variados items, sacos y ponchos de lana, calentadores, camisetas, disfraces, gafas, bufandas y hasta medicina naturista, incluídas unas extrañas aguas aromáticas preparadas en unos carritos de hotdogs. Los vendedores se toman los senderos o los espacios verdes, asientan sus mercaderías en el lugar donde mejor les parece sin importar si obstaculizan el paso de la gente o si podrían generar algún peligro para ciclistas o patinadores, o si invaden algún espacio preferente para personas de grupos vulnerables. La idea es vender sin importar nada más.

Claro, vender, o pasar el sombrero como en aquellos degradantes espectáculos de teatro callejero que refuerzan estereotipos machistas y racistas, donde la única manera de hacer un chiste es con una mala palabra o una patanada en la mitad. Actores callejeros que con sus disfraces de payasos atraen a pequeños niños con la ilusión de ver un espectáculo adecuado para su edad; pero una vez en el escenario, deforman la comedia para transformarla en una burda presentación donde se ovacionan las flatulencias, las cachetadas y las patadas, el insulto y el maltrato a todo nivel.

A lo largo y ancho del parque la oferta de alimentos es indiscriminada. Uno no recorre 10 metros sin encontrarse con -al menos- un vendedor de comida, de la más variada. Frutas como naranjas, coco, mangos, ovos, grosellas, frutillas, mandarinas, piñas, sandías. Jugos de algunas de esas frutas y de otras como tamarindo o mora en enormes tinas de plástico transparente. Chochos, mote, fritada, hornado, choclos, habas; algunos en canasto, otros con las pailas de aceite o agua hirviendo instaladas en el mismo lugar por donde corren niños con pelotas. Pinchos con embutidos de extraño aspecto y desconocido origen asados en humeantes parrillas ardientes al costado de los lugares por donde pasan ciclistas y patinadores; chaulafán o hot dog de dólar (que incluyen vaso de cola), granizados, helados, espumilla. Cientos de lugares dispuestos sin ningún tipo de orden y como es de imaginarse, sin control sanitario alguno. No he de adentrarme en detalles en este sentido, prefiero que la imaginación del lector vuele libremente en lugar de dejar explícitas imágenes de la suciedad que convive con estos alimentos y los graves peligros para la salud de los comensales, a vista y paciencia de las autoridades competentes.

Si de ensuciar se trata, al parecer el usuario de La Carolina se ha vuelto un capaz competidor en el deporte que más se practica en el parque: botar basura. Prácticamente no hay lugares donde no se vean desperdicios dejados por los comensales indolentes con su ciudad, que no tienen reparo alguno en tirar por todo lado botellas, servilletas, envolturas, vasos, fundas y las tusas del choclo tierno que acaban de devorar. Tan fácil es encontrar a una persona desechando en el piso la tarrina donde se servió un cevichocho, como ver una mascota defecando en el medio de ese espacio verde sin que su dueño se responsabilice. Así, entre basura y caca de perro, los quiteños “disfrutamos” de un parque que en algún lado dice: “es el corazón de Quito”.

Por favor, ¡borren esa frase escrita en un cartel informativo junto a una rara escultura de una cosa que parece una hoja de color celeste!, al menos hasta que la cosa cambie y mejore. “El corazón de Quito” no puede ser un espacio donde reine el desorden, la suciedad y el irrespeto. Sí: el irrespeto sobre todo, porque para pasar de un lado al otro ya nadie dice “permiso”, si a uno lo empujan por accidente (o no) ya nadie dice “perdón”, el que llega no saluda, o al que saluda nadie responde. El “gracias” es un recuerdo prehistórico y la “cordialidad” con la que pretendieron criarnos nuestros mayores es ya una leyenda “quiteña” tan difícil de creer como la de Cantuña. Es imposible creer que esta gente llena de malas costumbres, malcriada, sucia e irrespetuosa, sea descendiente de aquellos que nos enseñaron a ceder el puesto a los ancianos en los buses, a abrir las puertas a las damas, a ceder el paso a los niños, a no botar la basura por la ventana y a barrer la vereda de nuestra propia casa.

Señoras y señores, quienes creían que este artículo tenía como blanco exclusivo a la autoridad municipal, pues no están muy equivocados, porque bien vale la pena hacer un enérgico llamado de atención a quienes están obligados a proteger la inversión pública, a velar por la salud y bienestar de quienes habitamos en una ciudad de la cual no queremos perder el orgullo que nos ha generado a lo largo de toda su historia.

Sobre todo, este artículo pretende llegar profundo en la conciencia de nosotros, los quiteños, únicos responsables del cuidado de nuestra ciudad y máxima autoridad de las autoridades de paso. No habrá inversión pública o privada que sea suficiente para mejorar nuestras avenidas, parques y monumentos, si primero no retomamos aquella cultura por la cual nos destacamos siempre; recordemos que mientras otras ciudades se inundaban de basura y orina, acá en Quito sacábamos pecho de nuestras veredas limpias y nuestras calles libres de malos olores.

Esto no se lograba con un ejército de barrenderos, ni con millares de empleados municipales trapeando las paredes. ¡No!. Era una alta conciencia ciudadana, mezcla de la educación recibida y del inmenso amor por la ciudad.

De ambas cosas anteriormente citadas, en algunos conciudadanos, permítanme dudar.

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