Al pensar en lo que pasó en el Maracanazo, pienso en los uruguayos. Y si me hablan de uruguayos, el primero que se viene a mi mente es él. Alto, aunque ya no tanto como habrá sido en su juventud porque los años le obligaron a encorvarse, eso sí, sin perder una gallardía y un encanto lejanos totalmente de aquello que supuestamente es la elegancia. Es que él ya no podía caminar recto, sin embargo, se imponía a su llegada con un carisma propio de un hombre sencillo pero digno, de correctos modales, de amplios oídos y ricas anécdotas.

En la vida uno debe aprender a disfrutar de los manjares, pero a veces es difícil reconocer cuáles son. Pues debo agradecer a no se quién, haber entendido que sentarme dos minutos con él, era uno de esos deleites que no solo hacen que la vida sepa mejor, sino sobre todo, que impulsan para seguir adelante, intentando reflejarse en esos ojos cansados, pero a la vez, tan llenos de tanto y de tanto…

Y digo dos minutos por no decir dos horas. Es que tal vez eran tan maravillosas las charlas que los minutos se convertían en segundos y sin darnos cuenta, cada uno debía agarrar su camino, no sin antes prometernos, a veces en palabras dichas y otras veces en palabras pensadas, que volveríamos a juntarnos para volver a hablar y ojalá, disfrutando de uno de esos deliciosos asados que su yerno, bah, su hijo prepara.

¿Y de qué hablábamos? Pues ahora me arrepiento que solo haya sido de fútbol. Pensando que su sabiduría iba a estar para siempre rara vez pregunté de cosas más trascendentes y más bien agotaba la charla buscando en el baúl de sus recuerdos, haciendo que su alma de fanático de Peñarol y de orgulloso hincha uruguayo brille con esa luz propia que supieron tener las escuadras de los Aurinegros y Celestes; que reflejadas en sus anécdotas, con los ojos moviéndose alrededor de la alegría de sus memorias, tuvieron un valor imposible de igualar por nada más.

Porque una cosa era escucharlo a él y otra muy diferente leerlo, verlo en videos o escucharlo en audios históricos; aunque la verdad es que la historia del Maracanazo es tan maravillosa (excepto que uno sea brasileño) que de por sí uno se deja envolver por esos 11 celestes batiéndose a morir entre 200 mil auriverdes. Esos 11 celestes despreciados por un dirigente propio que les pidió que no pierdan por mucho, por el presidente de la FIFA que seguro del triunfo local no preparó el discurso de premiación en español sino solo en portugués, de la banda de músicos que debía entonar el himno del ganador y que no tenía las partituras de la canción patria de los uruguayos.

Una historia que los tuvo abajo, saltando a una cancha que había instalado un atrasado carnaval en julio, luego con el marcador en contra con el gol de Friaca. Todo venía mal, todo estaba destinado para lo que normalmente pasa, que gane el que deba ganar, el grande, el poderoso. Normalmente ese es el elegido, pero una vez más, la vida cobra sabores deliciosos cuando pasa lo que no es normal, cuando el elegido es el otro, el que viene de abajo, el que lucha por arrebatar lo que todos creen que es pertenencia del afortunado.

Cierro los ojos y me imagino a Obdulio Varela en la cancha del Maracaná. Tranquilo, paciente, dueño de sí mismo y capaz de adueñarse del destino y torcerlo para donde quisiera. Se me hace más fácil pensar así del “Negro” si lo acompaño de la voz de Danilo Couto, quien no fue mi abuelo, pero que en el amor entrañable que le tenemos, nos atrevimos a decirle Abuelito Danilo. Y sí, uso la palabra tenemos, en presente invariable, porque el amor, el respeto, la admiración, a diferencia de otras tantas cosas en el mundo, sobre todo las vanales, son asuntos que no tienen fecha de caducidad, son alimentos imperecederos para el alma. Si uno los cultivó, se quedan para siempre.

Pero vuelvo a la historia, el Negro Varela levantando la mirada cuando todos sus compañeros la habían bajado y llamando la atención de todos, no con ademanes ni con gritos. Con silencio y tranquilidad. No se si él habrá ido a tomar la pelota del arco propio, pero así me lo imagino yo, con el balón bajo el brazo y mirando uno a uno a los restantes 10 en la cancha con unos ojos irradiantes de calor, obligando a levantar la cabeza, a buscar las respuestas adelante o arriba, sabiendo que en el suelo no está escrito nada, que en todo caso, si uno busca algo, lo debe hacer en el horizonte, por negro que esté; o en el cielo, por oscuro y nublado que se nos presente.

Luego pasó lo que todos saben: Schiaffino marcó el empate y Ghiggia convirtió el 2-1 para que Uruguay festeje su segunda Copa del Mundo.

Danilo no estuvo en el Maracaná, pero lo vivió a lo lejos pegado a una radio y lo recordaba convirtiéndose en ese nexo que no debe faltar entre la actualidad y la historia. Danilo no me contó nada que yo no supiera ya, ni nada que ustedes no vayan a encontrar en los libros que hablen del Maracanazo. Pero yo no me quedé en sus palabras nada más, a diferencia de ustedes, yo fui uno de los afortunados que pude trasladarme a 1950 a través de sus ojos llorosos, de su respirar agitado, de sus palabras lentas y apagadas, de su corazón ardiente y futbolero.

Hoy, 16 de julio, se cumple un nuevo aniversario del Maracanazo, pero ya no puedo acudir al mejor libro que encontré para aprender de los uruguayos en Brasil 1950, ni tampoco puedo llamarlo por teléfono para pedirle que nos cuente al aire, en el programa de radio, todo esto que de su voz tenía un toque diferente.

Pero nada me impide pensar en el Maracaná y pensar en él, recordarlo con cariño y brindarle un sencillo homenaje: a él, el amoroso abuelo de mis primos que también me dejó ser un poquito su nieto, un poquito su amigo, un poquito el puente entre la debilidad evidenciada en los pasos lentos del reciente ayer, con la fuerza del maquinista de ferrocaril, guapo, poderoso, incansable y debo decirlo, porque así será: ¡inolvidable, mucho más que el Maracanazo!

Foto: The Guardian