Voy a escribir las siguientes palabras lejos de todo prejuicio hacia determinados eventos o personas y es para que quede claro cómo ha sido mi pasar con Deportivo Quito desde que tengo uso de razón.

Hace muchos, muchos años, allá en la castellana ciudad de Loja, cuando cumplía seis años y mi orgullo por haber nacido en Quito se debía plasmar con algo que me identifique y gracias a un radio Telefunken que mi padre había comprado meses atrás y a esa increíble onda corta, me permitió imaginar que dentro de esa caja mágica los “hombrecitos” de azul y rojo se coronaban campeones del fútbol ecuatoriano.

Y cuando oí que el Campeón se llamaba Sociedad Deportivo Quito, no hubo marcha atrás y ahí encontré mi identidad con mi ciudad y con mi amor para siempre por el fútbol y mi orgullo de haber nacido en Quito me hacía caminar con la mirada al frente, allá en la aislada Centinela del Sur

Un par de años después, mis padres decidieron migrar a la capital y en mis ya dos años de ser  hincha, y aunque nunca los había visto jugar, el solo hecho de haber oído que nos veníamos a Quito, a vivir en Quito, soñaba con ver en la cancha al equipo de mis amores eternos; el Telefunken dejó de llamarme la atención, estaba seguro que al fin podría verlos en persona y mi alegría, solo mía, no se la dejaba saber a nadie, ni siquiera a mi hermano menor, mi confidente de toda la vida.

Ese secreto se pudo saber cuando, a la llegada a Quito y con la boca abierta nos bajamos en la parada de los buses de la Cooperativa Loja, ubicada en una esquina al frente de la escuela Sucre y lo primero que alcancé a ver en un puesto de revistas, fue la página  central del diario Últimas Noticias y que anunciaba un partido que jugaría el próximo domingo el Deportivo Quito,  mi Deportivo Quito.

No sé cómo lo hice, lo único que recuerdo fue que tomé un bus que decía Camal-15-Hipódromo, los niños no pagaban y llegué a las puertas mismas del Atahualpa y había un lugar designado a los niños (hoy es la general noroccidental) fue un momento único y que marcó mi vida por aquellos fantásticos colores, azul y grana, los colores de la ciudad donde nací. Lo que sucedió cuando regresé a casa les contaré un día de estos.

Y la historia del Deportivo Quito, desde esos mis días de aprender a amar la divisa hasta el campeonato del 2008, fue de mucho dolor, de desencantos, ascensos y descensos y de partidos extraños.

Pero feliz porque los vi, aunque poco tiempo a Alex Aguinaga, a Sergio Saucedo, a Juan Carlos de Lima; siempre llegaban arqueros argentinos, ahí mi gusto por el arco. O cuando el gran Polo Carrera hizo de las suyas. Parecía increíble que el Bacán Delgado haya sido golero Chulla o que mi compañero del Santiago de Guayaquil, Gabriel Yépez haya sido figura relevante del club.

Y así eran las alegrías, chiquitas e inigualables y que generaban, luego de cada partido, un extraño romance de amor y odio. Ya estaba graduado de hincha.

Nunca supe lo que era ser campeón en vivo hasta el 2008, pero ya estaba en una cabina con mi oficio de periodista; mas, mi hija  y mi esposa que se hicieron hinchas a morir del equipo de la Plaza del Teatro veinte años atrás,lo disfrutaron y sintieron la alegría de ver a su equipo Campeón allá, en la Preferencia y me llenaron de abrazos porque dijeron que era el culpable de tanta felicidad.

Desde el 2009 hasta la fecha, fuimos cantando la historia del desastre y ninguna dirigencia nos tomó en serio, hasta casi me declararon enemigo público del Deportivo Quito. En tanto, unos cuantos vivos saquearon al club  por varios cientos de miles de dólares y siguen campantes.

La hinchada no abandona, pero debe ser digna.

A estas alturas de la tragedia del club, hubiera preferido pertenecer al mundo de los hombrecitos azul granas; ahí, dentro de la caja mágica que se llamaba Telefunken.

Reinaldo Romero